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La gitana con sombrilla…


Ximena Fernández, es la gitana que desde la pandemia se instaló en el parque de la Villa, y vive de la quiromancia: Te lee la palma de la mano por cinco mil pesos. Esa señora con las sienes canosas y los ojos abismados, hace parte de los Rrom, también conocidos como gitanos, son una comunidad (alrededor de 8.000 en Colombia).


Con su cara bonita, pero con todas las mellas de la vida en sus facciones; dice que viene de buena cuna, desde la Persia del siglo III, y que entre los ires y venires de su tribu nómada, le tocó nacer en Saldaña, que su marido murió de un escopetazo, que nunca se supo, cómo desapareció…que lo que sabe es que permanecía con una profunda melancolía perruna, y la dejó tan pobre como un ratón de sacristía.


Quiso a Rodolfo del clan Lovari, cuando lo vio llegar una mañana en un camión destartalado, y para la cosecha de las arroceras de Casanare. El hombre era un morenazo, flaco, manos grandes, la bondad se le asomaba en sus ojos color aguadepanela, un vendedor de trastos, el rey de las ollas de Aguazul, y que una vez que lo reparó, le escribió una nota con lápiz rojo y en papel de moldes, que si quería ser su marido, y así, con tono preciso de alfileres, le pidió puntualidad, que si el caso era afirmativo, ¿cuándo?


Con la misma urgencia con que lo pidió en matrimonio, Rodolfo respondió a la necesidad, pero en condición de reconocerla en la danza del vientre, pero ella que se auto leyó la mano, comprobó que la línea del corazón, no coincidía con la línea de su destino, y prefirió no agotarse con esas maniobras de la seducción. Al fin de cuentas no estuvo mal que se hubiera aguantado las ganas de medio matarlo, cuando anduvo metido entre las faldas de otra.


A la gitana con sombrilla, las adversidades le templaron el carácter, y nunca se creyó el mandato patriarcal: nacer, crecer, reproducirse, y morir. No tuvo hijos, pero una suerte de paz le creció en el alma; porque no tuvo que cuidar de nadie, y pudo estar en muchos lugares, pero sólo en este trozo de mundo quiere quedarse, en la tierra del Suamox, y eso lo supo porque cuando miró el valle del sol, miró de frente la única patria que le interesaba tener.

ESCRITO AL MARGEN: El concejal que pillaron violando las normas de tránsito, debe pagar la infracción como cualquier parroquiano; con o sin botiquín, el edil que se las da de muy vivo y moviliza su verborrea en materia de leyes, no pudo salir bien librado y terminó incendiado como un ají de Iza, y crujiendo de la ira como un pandero de Pesca.

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